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CONDUCIR TRAS UN DAÑO CEREBRAL

Tras sufrir un daño cerebral (DC), muchos pacientes sufren secuelas que les impiden continuar con su vida anterior. La neurorrehabilitación permite recuperar las antiguas capacidades, pero como cada caso es único no siempre es fácil medir hasta qué punto es seguro retomar actividades como la conducción.

El hecho de conducir puede llegar a ser muy importante para la persona desde el punto de vista social y laboral. Y el hecho de no poder hacerlo tiene frecuentemente un gran impacto negativo sobre su autoestima.

La actividad de conducir requiere un estado funcional adecuado en múltiples áreas, como percepción, cognición, comunicación y coordinación. Las secuelas físicas se pueden compensar con adaptaciones en el coche pero, por ejemplo, ni los mejores espejos son suficientes para compensar la tendencia de una persona a ignorar objetos dentro de su campo visual, sobre todo cuando entran en juego la fatiga, la distracción y los factores emocionales.

Para poder conducir los pacientes con DC deben poder participar en actividades comunitarias sin necesidad de supervisión, transferirse sin ayuda dentro y fuera del vehículo, poder realizar varias tareas simultáneamente, seguir instrucciones verbales o escritas simples sin necesidad de ayuda o de apoyo gestual, entender términos relativos a la posición y dirección, conocer las normas de circulación y comprender las señales de tráfico.

No siempre es fácil medir hasta qué punto es seguro que una persona con secuelas neurológicas se ponga al volante. Depende del tipo y grado de afectación de cada individuo, una situación que le toca evaluar al neurólogo apoyándose en una serie de pruebas clínicas y neuropsicológicas para evaluar las capacidades del conductor, cuyo informe se convierte en una pieza clave en los centros de reconocimiento para la conducción. Pero la última palabra no es del neurólogo, sino del médico evaluador del centro de reconocimiento para la conducción

Además muchas de las personas que sufren un DC intentan volver a conducir para sentirse independientes, aunque no estén capacitados para ello, lo que aumenta las probabilidades de que los pacientes con un DC se vean implicados en accidentes de tráfico en comparación con la población general.

Así como en las enfermedades cognitivas avanzadas (demencias y Alzheimer), la normativa sí deja clara la incapacidad para conducir, la norma no es tan clara en el caso de pacientes con ictus. Por ejemplo, según la norma, los pacientes que hayan sufrido accidente isquémico transitorio no podrán obtener o prorrogar su permiso hasta que hayan transcurrido al menos seis meses sin síntomas neurológicos y deberán aportar un informe de su neurólogo en el que conste la ausencia de secuelas.

Pero si la persona no llega a ser plenamente consciente de sus limitaciones para la conducción puede no informar de su situación y seguir conduciendo hasta que le toque renovarse el carnet. En este caso, suele ser la familia la que está pendiente y evita que conduzca quitándole las llaves e informado de la situación.

Para ampliar la información, os dejamos los siguientes enlaces.

Conducción e ictus: https://www.medicosporlaseguridadvial.com/el-rincon-cientifico/articulos/conduccion-e-ictus/

Lorente-Rodríguez, E. y Fernández-Guinea S. (2004). Conductores ancianos y con daño cerebral en España. Rev neurol, 38 (8): 785-790.

Reintegración social después de una lesión cerebral adquirida: http://www.traumatismocraneoencefalico.com/modulo-13.htm

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