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ESCLEROSIS MÚLTIPLE

La Esclerosis Múltiple (EM) es una enfermedad crónica inflamatoria, idiopática, autoinmune y desmielinizante que afecta a gran parte del Sistema Nervioso Central (SNC), en concreto a la parte que recubre los axones (mielina).

Tiene una prevalencia de 60/100.000 personas en España. Es una enfermedad frecuente en adultos jóvenes de entre 20 y 40 años, afecta más a las mujeres que a los hombres (2:1).

A pesar de que no se conoce con certeza cuáles son las causas de la EM, se sospecha que tiene una etiología multifactorial. Actualmente la hipótesis más aceptada es la predisposición genética que afecta al cromosoma 6 del individuo. A esta predisposición se añadirían hipótesis sobre los factores ambientales, en las que el virus del herpes 6 o Epstein-Barr (mononucleosis aguda infecciosa) podrían ser los principales desencadenantes de la respuesta autoinmune que produce dicha desmielinización. Además, se ha visto que hay otros factores que pueden influir en la predisposición de la EM como la latitud geográfica (porcentaje más elevado de individuos caucásicos), la falta de vitamina D (por la poca o nula exposición a la luz solar), antecedentes familiares (en función del total de personas que padezcan EM) y el tabaco (poca evidencia que lo acabe de confirmar).

La EM destruye las vainas de mielina que recubren los axones. La mielina está formada por múltiples proteínas y sustancias grasas que favorecen la transmisión de los impulsos nerviosos. La EM cursa con una reacción autoinmune (linfocitos T y macrófagos) que promueve la desmielinización activa inicial por secreción de citoquinas, radicales libres de oxígeno y enzimas que dan lugar a placas e inflamación o edema. Posteriormente, pasan a ser escleróticas con gliosis, degeneración axonal y mayor desmielinización. La recuperación variará en función de la afectación.

Las manifestaciones clínicas de la EM son muy variables y pueden producirse diferentes alteraciones, como una alteración motora, cognitiva, visual, de la sensibilidad y, en menor porcentaje, una alteración cerebelosa y sexual. Otros síntomas comunes pueden ser la espasticidad, el dolor, la fatiga, la demencia o el signo de Lhermitte.

La EM se puede subdividir en diferentes tipos basándose en la clínica y progresión de la enfermedad, de menor a mayor grado de afectación: remitente-recurrente (RR), progresiva secundaria (SP), progresiva primaria (PP) y progresiva recurrente (PR).

El diagnóstico debe ser precoz para evitar que la enfermedad progrese, aunque no existe evidencia de una prueba exacta para EM. Desde 2001 se siguen los criterios de McDonald. Este diagnóstico dependerá también de la historia clínica además de apoyarse con pruebas complementarias.

Entre los síntomas físicos, encontramos fatiga, pérdida de fuerza, alteración del equilibrio y de la coordinación, disminución de la sensibilidad, espasticidad y alteración de la marcha.

Las investigaciones sugieren que entre un 45 y un 65% de las personas con EM presentan síntomas cognitivos ocasionados por la enfermedad. No existe un patrón específico de deterioro cognitivo, aunque son comunes la disminución de la velocidad de procesamiento, alteración de la atención, de la memoria y de las funciones ejecutivas. Pese a no ser tan conocido como los problemas físicos, los déficits cognitivos provocan limitaciones en la capacidad de estas personas para realizar sus actividades de la vida diaria.

En personas con deterioro cognitivo elevado, se observa una pérdida de iniciativa, es decir, dificultades para iniciar y manifestar la voluntad de querer desempeñar actividades, que unido a alteraciones sensoriomotrices, afecta a su autonomía y a su capacidad de desenvolverse en su día a día (aseo, higiene personal, vestido).

Las personas con esclerosis múltiple pueden mostrar dificultades para la comunicación, ya sea respecto a la producción de mensajes o a la comprensión, de forma oral o escrita.

Además, las personas con EM también pueden presentar dificultades en la deglución, tanto de líquidos como de sólidos. Este trastorno se conoce con el nombre de disfagia, que surge como consecuencia de la pérdida de fuerza, movilidad y/o coordinación de la musculatura respiratoria, oral y laríngea. A consecuencia de ello, los afectados pueden sufrir cambios en la calidad y volumen de la voz, en la pronunciación y entonación del habla y, además, es frecuente que sufran fatiga vocal.

 

TRATAMIENTO EN EM

Las personas con EM se pueden beneficiar de un tratamiento rehabilitador multidisciplinar que está dividido en tres grupos: de brotes, terapia modificadora de la enfermedad y tratamiento de los síntomas. Cada grupo es tratado con fármacos específicos. Además, sabemos que en la situación postbrote, conviene realizar una rehabilitación intensiva con el objetivo de recuperar la máxima funcionalidad perdida por el brote, y que, en la fase entre brotes, el objetivo es a largo plazo, no es necesaria una alta intensidad y debe adaptarse a la evolución individual.

La labor de un equipo multidisciplinar especializado puede ser de utilidad para frenar el avance de la enfermedad, compensar los déficits que puedan ir surgiendo y mantener la máxima calidad de vida posible el mayor tiempo posible.

 

 

REFERENCIAS

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